Una semana de abril
El amarillo empezó a despedirse, mientras la danza comenzaba. Toda la arcilla rojiza del suelo parecia atomizarse y disiparse con el viento. Yo solo contemplaba el espectáculo mientras mis ojos perdían brillo, me resistía al dominio de alguien mas viejo y grande que cualquiera...pero no fue en ese momento que me rendí.
En la lejanía escuchaba voces aterrorizadas, la tierra ardía y consumía sus esfuerzos por controlarse, pero esta vez estaba segura que no podría lograrlo sola...
Yo seguía en mi cama, la ventana a medio abrir, los minutos acompasados llegando y pasando. Tenía plena conciencia de lo que pasaba en esa veraniega tarde de otoño. En la calle, en la televisión, hasta los perros parecían echarse la culpa unos a otros de lo que acontecía. Yo solo observaba.
Pronto se empezó a posar sobre mí y sobre todos una pesada mancha oscura, densa, como un pecado colectivo, una pisada en el pecho que no dejaba respirar, la gente enloquecía, gritaba...
Y yo no me dejaba vencer aún.
De mis ojos salían lágrimas, pero yo no tenía un solo motivo para llorar, el día anterior había compartido mi tiempo en medio de la felicidad, y estaba tan aferrado a ella, que por eso mis sentidos, abiertos, estaban conscientes de lo que sucedía.
Fueron 120 horas, las más largas para algunos, que permitiéronles darse cuenta de lo pequeños que resultaban ante un ser mas viejo que ellos, que podia acabarlos desde dentro, consumir su luz, tornar lo azul en gris y lo amarillo en rojo...fueron las horas en que el sol se escondio e hizo que la tierra mientras ardía, condenase a los humanos entre sí.
Yo solo dormí, y desperté con el cielo azul.
*...dedicado a la semana del humo en Buenos Aires...*

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